Explícanos un cuento…

Abráceme un rato, por favor

“Estás gorda”, ha dicho, con una mirada fría puesta sobre mis caderas antes de cerrar con un golpe seco la puerta de casa.

Como un navajazo. Me he quedado allí, al otro lado de sus palabras, con la vista puesta en las estrías de madera y el grueso pomo reluciente. Nunca había soltado un comentario de este estilo; siempre le había restado importancia a mi preocupación por los quilos. Cada vez que me he puesto melindrosa, como él dice, y he intentado comer menos pan o dulces o pastas, se ha reído con comentarios del estilo: “¡Cómo sois las mujeres!” o “¡Qué tontería, con lo rica que está la paella!”. ¿Qué le pasa ahora? Y mientras voy hacia la cocina siento un calor repentino, como de susto, que me inunda hasta los cabellos.

Desde el umbral contemplo los restos fragmentados del día anterior: cubiertos esparcidos, platos grasientos, cazuelas encostradas y negras salpicaduras de aceite en el suelo. Empiezo a limpiarlo todo con mis manos, hecha una furia y mientras rasco el fondo de la cazuela descascarillada -ya tiene tantos años, tengo que comprar otra- me ha parecido oler el tomillo, el laurel perfumado de aquellos guisos que tanto le gustaban. “¡Qué rico todo!”, decía cuando cenábamos con los amigos del trabajo. Y se le veía feliz. Aunque tuviera que madrugar después de una noche de charlas y risas, en un tiempo redondo y cálido. Me ha parecido ver la silla alta en la que había cenado antes la niña; así estábamos tranqui- los. En algún rincón del desván debe estar todavía el gran babero de amapolas desteñidas.

Desde el umbral contemplo los restos fragmenta- dos del día anterior: cubiertos esparcidos, platos grasientos, cazuelas encostradas y negras salpicaduras de aceite en el suelo.

Limpio el fregadero. Le doy una pasada al suelo y otra a la ventana, me entrego con el ardor del exterminio a los armarios hasta que siento que los brazos me abandonan y que las manos se deshacen en papel.

Preparo café y mientras espero que haga su camino secreto por el hueco de la cafetera, la contemplo: cintura estrecha, hombros anchos, caderas buena base y aquel vacío dentro, el vacío que va de la boca al estómago y del estómago a la boca. Ese vacío que se llena de pan grueso y caliente, de pastas consistentes y blandas, de dulces que estallan como lucecitas fugaces en el paladar, las encías y la lengua… El pan, las pastas, los dulces buscan un refugio cerrado y caliente donde mezclarse, abrazarse a gusto y transformarse luego en carne compacta, carne que pese y reclame su espacio. Que llame la atención como un alarido, un puñetazo sobre la mesa: algo que no pueda ser desplazado con facilidad, que no flote… Yo estoy siempre en cualquier parte, qué más da, suspendida en el aire, sin amarras, un espacio abierto, una vibración hambrienta y vacía…

Miro otra vez la cafetera por la que está subiendo el café a borbotones: un oscuro calor repentino, como de llanto que se alza hasta la garganta y se derrama en los ojos. Y entonces vuelven a dolerme sus palabras. Y su mirada. Vuelve a dolerme de vergüenza como aquella vez, hace ya tantos años, cuando me crucé en el rellano de la escalera con la vecina de negro que olía siempre a cebolla. Yo bajaba saltando los peldaños con la cartera en la espalda y ella se quedó plantada, sin dejarme pasar. Hasta que se echó a reír y puso sus manazas sobre mis pechos recientes y los apretó con fuerza. “Estás engordando, están creciendo. ¡Ja, ja!, ya eres una mujer…” Cuando se apartó apenas pude continuar; mi cuerpo había perdido toda protección, toda solidez. Sus manos habían estrujado directa- mente mi corazón desnudo, toda yo una herida abierta.

Cintura estrecha, hombros anchos, caderas buena base y aquel vacío dentro, el vacío que va de la boca al estómago y del estómago a la boca.

Y mientras resopla el café me doy cuenta de que respiro mal, de que voy a quedarme sin aire. Y empiezo a respirar como nos enseñó la profesora en el gimnasio: “tranquilas, inspiren, exhalen todo el aire, inspiren, exhalen… Fuera, bien, inhalen, exhalen…”.

Una vez calmada bebo el café a sorbitos. A la mierda todo. No limpio más.

Y con la taza en la mano me dirijo al baño a pesarme. El suelo está sembrado de toallas, pañuelos, una camisa, calcetines, un slip… En el taburete, al lado de la taza del wáter, hay una revista. Me acerco, pisándolo todo, y la hojeo: mujeres desnudas de finas caderas, pechos maliciosos y pelo descuidado y virgen; mozas de veinte años con aire de candor malicioso: mujeres a merced de la lluvia en la charca de desagües. ¿Por qué la habrá dejado aquí? ¿Qué le pasa ahora? Y pienso de repente que quizás ande con otra… ¿De veinte años? Son hermosas, lo sé. A veces se me ocurre que la belleza que entra por los ojos debería penetrar la piel, tensar los músculos, renovar tejidos y nervios… Que si contemplo mucha belleza debería volverme bella. Y se me ocurren otras cosas, como aquel día en que mi hija regresó de la peluquería con su pelo pincho. Y estaba tan bella, tan desnudo de maquillaje su rostro, tan nuevo, que a la mañana siguiente fui a la misma peluquería esperando no sé qué…

Una vez calmada bebo el café a sorbitos. A la mierda todo. No limpio más.

Abro el armario donde guardo los botecitos redondos con olor a perfección limpia, a amores de primavera: botes como de loza antigua, floridos de cerezos y almendros, que me sonríen día a día y me dicen que, si me aplico y soy buena, van a alisar para siempre los pliegues de mi frente y mejillas, los ángulos de mi boca. Veo los pinceles para el flush y las cejas, las estilizadas botellas de hidratante de día, la crema nutritiva de noche y, por fin, el hábil disfraz del maquillaje y los polvos dorados. Con la yema de los dedos y con toda suavidad y cariño, como me aconseja la esteticista, me aplico liposomas primero para abrir el poro y después, con un ligero masaje, crema con placenta que me regenerará en pocas horas. Desde el espejo me mira un rostro desconocido. Intento una sonrisa y ella me sonríe, pero sin alegría en su mirada azul. Pienso que tal vez no pueda adelgazar ni recuperar mi piel de manzana, y no creo que un hombre me mire alguna vez de aquella manera, como me miraban antes, como él solía hacerlo…

Subo a la báscula con cautela. Muchos quilos. Demasiados. Y entonces, como una bala, me lanzo a la cocina, abro el armario y me meto en la boca tres galletas con chocolate, una detrás de otra, rápido, así como para no enterarme. ¡Hala! Contra algo. Contra todo. Da igual.

Me meto en la boca tres galletas con chocolate, una detrás de otra, rápido, así como para no enterarme. ¡Hala! Contra algo. Contra todo. Da igual.

Con la boca llena vuelvo al baño y recojo la ropa del suelo: en las bra- gas de mi hija hay rastros de sangre oscura, sangre olvidada. “Todos los meses va a ser así, todos los meses…” dijo mi madre con su mira- da triste. Todos los meses el dolor en los riñones, el vientre deshilachado, la flaqueza en las piernas y ese olor dulzón y vergonzante. Aquella tarde me había acercado a ella con temor, en espera de una reprimenda por mi descuido al limpiarme, pero choqué con su llanto débil y resignado: “Ya eres una mujer”, me dijo. Ahora eso ha terminado y estoy engordando. Pero sigo siendo una mujer.

Entro en el dormitorio con la cara embadurnada y la ropa sucia entre mis brazos. La habitación está a media luz, con tanta prisa a primera hora no he descorrido las cortinas. Huele a respiración cargada, a flor marchita. Me desplomo sobre la cama deshecha y, durante un rato, me quedo mirado el techo. Luego contemplo las almohadas silenciosas, su pijama fláccido, mi camisón gastado… Y al momento veo, como si estuviera allí presente, a mi hija de tres años entrar vacilante con su muñeca a rastras, saltar sobre el edredón florido y jugar los tres hechos un ovillo de besos, gritos y risas en aquellas mañanas sin desayuno, largas como dorados domingos… ¿Cuánto tiempo hace que no nos abrazamos él y yo? ¿Qué hace él? Está claro. Tiene otra. Otra.

Me siento al borde de la cama, de un salto. Cojo el abrigo, doy un portazo y salgo a la calle.

Un relámpago: aquellas llamadas… Me siento al borde de la cama, de un salto. Cojo el abrigo, doy un portazo y salgo a la calle.

Y he llegado andando hasta aquí. Llevo dos horas caminando y no pienso en otra cosa, en quien puede ser ella. Aunque he pasado por el gimnasio, claro y he pedido hora en la peluquería para el tinte y he contratado una tanda de masajes. He llamado a la doctora, quiero volver a la dieta. Pero mientras hacía todo eso también pensaba que no, que no iba a poder contarle todo lo que le he contado, tan difícil, ni pedirle lo que le pido: “Perdone usted, no sé si me atrevo, pero quizás así se junten mis piezas, se recompongan mis pedazos, se lo agradecería tanto… Bueno se lo pregunto:

Por favor, ¿podría usted abrazarme un rato?

Dolors Renau i Manén

Nota: escrit en versió original